Jardines, bailes, artesanías y, en medio: la Biblioteca
de México
Un espacio
de cultura y descanso
Por Javier Hernández
Estoy parado
frente a un gran edificio, a mis espaldas hay mucho movimiento. Son camiones de
los que bajan turistas de oriente, bien pueden ser chinos. Ellos no se detienen
a ver el edificio de mi propósito, los guían a otro lugar lleno de colores, van
al mercado de artesanías que está detrás de mí, entre cansados y curiosos bajan
sin prestar mucha atención hacía mi dirección. Estoy en la ciudadela, una
zona notoria de la Ciudad de México.
La Ciudadela no
sólo es un mercado de artesanías: es una pequeña zona donde destacan jardines y
un distinguido edificio: la Biblioteca Nacional de México. Está biblioteca es
un gran inmueble de aspecto colonial, pero el conjunto no sólo es el edificio,
tanto por el lado norte como en el sur hay dos grandes jardines públicos. El
más imponente es el del lado norte, pues
cuenta con dos fuentes y entre bellos árboles, y en el centro, justo frente a
la entrada de la biblioteca a la que nos dedicamos está una gran estatua de don
José María Morelos y Pavón sobre una columna cuadrada ornamentada. Alrededor de
la base hay cañones antiguos de guerra bien conservados. La estatua del Siervo
de la Nación es una figura de cuerpo entero cuya mano derecha ostenta una
espada dirigiéndose adelante pero tendida hacía abajo, pues el brazo no está
levantado; viste una especie de gabardina que bien puede figurar una sotana,
como también un atuendo militar. Morelos tiende la mirada hacía el horizonte de
su izquierda con una mirada severa, hacía donde hay un grupo de personas bailando
con aparente gran experiencia. Allí no hay distingo de edad, se ve que algunos
más viejos bailan mejor y con más energía que otros más jóvenes. La música que
inspira sus bailes no está muy elevada, es apenas perceptible a la distancia.
Los bailarines se dedican tanto a lo suyo que no tienen tiempo de voltear a ver
a los transeúntes que con curiosidad, por no estar acostumbrados, les fisgoneamos
por incluso minutos.
En ambos patios se nota gente, la mayoría de
edad avanzada, en el jardín sur, más sencillo y sucio, también bailan, pero
inexpertos, pues tienen sus respectivos maestros que se esfuerzan por contagiar
a los que tienen los movimientos torpes algo de habilidad rítmica. Entre estos
grandes jardines y la biblioteca, divide un barandal de color oscuro, grande y
robusto para custodiar el patrimonio, están vacíos de gente, cuya soledad es disimulada
por macetas y plantas. Al mismo tiempo los espacios entre las paredes y los
grandes barrotes es afeada por automóviles, que supongo, son de los empleados
del lugar.
La edificación conserva
un genuino estilo colonial, las dos puertas principales para ingresar, están
flanqueadas por dos columnas cuadradas fieles a su estilo, todo revela una edad
antigua pero conservada. Todas las paredes del edificio cuentan con abundantes
ventanas cuyos cristales son detenidos por estructuras de madera. Todas las
ventanas están a su vez resguardadas hacía el exterior por barrotes simples y a
la vez muy fuertes. Es un edificio que cuyo inicio se remonta al siglo XVIII,
cuyos propósitos eran ser una fábrica de tabaco. Se terminó en 1807. Este
edificio sirvió de prisión política en 1815 al insurgente don José María
Morelos y Pavón (lo que explica la estatua en uno de sus patios), dónde salió
para ser fusilado en San Cristóbal Ecatepec.
En las entradas
veo guardias policiacos y, ante la robustez de las protecciones, dudo si es
fácil la entrada. Miro a los oficiales ligeramente para descubrir en su
reacción si si hay algún impedimento o requisito para la entrada, pero al final
cruzando con ellos, parezco inadvertido: no hay problema. Pasando las puertas
principales, en ambos extremos de la biblioteca, se encuentran techos con vigas
de madera bien conservada. Inmediatamente después hay por ambas entradas,
patios resguardados por columnas redondas de base cuadrada que sostienen
pasillos con iguales vigas de madera, algunas dejan colgar algunas lámparas que
contrastan por su modernidad. Cada puerta que se puede encontrar le rodea
cantera ornamentada. Todo el piso es de piedra. Un patio de recibidor difiere
por las jardineras con sus plantas que llenan la entrada sur y se ausentan en
otra.
Apenas se pasa
el patio de entrada, se encuentra un pasillo que va concorde al estilo y viene,
tanto a la izquierda como a la derecha, un gran patio que está cubierto con una
enorme lona en forma de paraguas, rodeada y sostenida por una estructura
metálica blanca con cristales que dejan entrar la luz y a la vez es sostenida
por pilares de acero del mismo color que resguarda del sol y de la lluvia de
manera consistente. Así son cuatro grandes patios con los que cuenta el
edificio. Estos patios internos tienen mesas para la lectura y para tomar café
mientras se leen los libros, un patio cuenta con un templete para actividades
culturales que constantemente se tienen según se puede consultar en los
programas.
Los pasillos
están solos, eso me hace sentir que es mucho para uno, la tarde llega y el
movimiento de gente disminuye, esa soledad solo es interrumpida por policías que
cuidan los ingresos de las salas, de nuevo los observo, pero están más
interesados en platicar entre ellos mismos que en siquiera voltear a verme o
molestarse por la cámara que visiblemente cargo de mi cuello, faltarán horas
para su salida, su estancia se llena de anécdotas o situaciones de trabajo.
En el que parece
ser el patio principal, que está de la entrada norte a la derecha, hay una gran
pared, que tiene la pintura inconclusa de Ángel Zárraga: “La Voluntad de
Construir”, que la dejó como está por su muerte, muestra personas desnudas esforzándose
en extremo para terminar algo. Las personas se dedican a lo suyo, absortos en
su computadora, en el celular o en los libros que muchos van combinando con sorbos
de café de tasas blancas que parecen darles tiempo infinito.
Todos los patios
están rodeados por la estructura del edificio que consiste, de manera general
en salas. Hay una sala general, infantil, para personas con Discapacidad
Visual, del Fondo México, Fondo reservado, cine, de exposiciones, etc. Las
salas más distinguidas son las que custodian las bibliotecas personales de 5
grandes escritores e intelectuales: José Luis Martínez, Antonio Castro Leal,
Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis. Hay libre acceso a
estás, que se guardan como museos bien conservados, con muebles para la
consulta que también adornan la zona bien iluminada. En sus entradas hay
recepcionistas que, interrumpiendo la evaluación de innumerables hojas de datos
constantes, piden registre mi acceso, colocando en ello la hora de ingreso,
ellos siguiendo en su arduo trabajo, no
se interesan si he registrado bien. Merodeo sin tocar un libro, pero también
sin ser vigilado, voy y regreso una y otra vez. Todo se conserva limpio y la
madera de los libreros es brillante. Estás salas, cuentan seguido con pequeños
pasillos que forman un segundo nivel para que puedan caber los libros de los
escritores, todo con atractiva madera. Estar allí es agradable: hay pocas
personas, esas pocas están absortas, parecen estatuas esculpidas con realismo,
que no se mueven y, pareciera, poco respiran: amantes de los libros, embelesados
en su ciencia.
La biblioteca es
de estilo neoclásico y ornato sobrio. En todo el edificio se puede contemplar
una cornisa de cantera con diferentes adornos que la hacen lucir mucho mejor.
Se ve mucha solidez en la estructura. Se convirtió en Parque General de
Artillería en 1816, conociéndose oficialmente como la Ciudadela. Vicente
Guerrero corrigió la traza exterior, amplió y profundizó los fosos que la
rodeaban. En 1913 fue pronunciado el cuartelazo, pronunciado por fuerzas
antimaderistas, mejor conocido como “La Decena Trágica”.
El 27 de
noviembre de 1946 fue inaugurada una parte del edificio como biblioteca y su
primer director fue el licenciado José Vasconcelos. Estar en el lugar es
agradable, hay rostros de ciencia y gritos de historia dentro, entre columnas y
muros. No veo en esta tarde niños corriendo, ni chismes de voces elevadas como
en calles, plazas o transporte público; veo tareas, libros, descanso y
tranquilidad de los presentes. Aquí no se ve que se sature de turistas como en
otros lugares históricos, hay cafeterías para pasar el rato, exposiciones y muchas
páginas llenas de sorpresas. Además, entrando y saliendo del lugar, siempre
será la Ciudadela: habrá un poco de música discreta, ya sea cumbia, rock, salsa
u otros ritmos. Amarás entrar por el lado norte para admirar la figura del héroe
de independencia.









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